lunes, 17 de julio de 2017

CONTRA LAS RELECTURAS VERANIEGAS



No soy yo el que lee por vez segunda lo que está escrito. Ahora lo sé. Sé lo que voy a leer y acaso leo para cerciorarme. Las páginas de los libros amarillean, pero no envejecen. Y yo sí. Yo, que leí atraído por conocer de lo nuevo, de las novedades que debía haber en los libros, ahora leo para cerciorarme de si cumplí o no con lo que se me ofrecía. Y veo, leo, que una de las dos veces no supe leer lo que veía, leía. Las páginas de los libros, no obstante su color de enfermo crónico, conservan su juvenil amenaza. Con mucho atrevimiento, como corresponde a la edad que no cumplen, los libros insisten en ofertar sus frescuras, convencidos de que también sus lectores son nuevos y a la espera. Pero el viejo lector –incluso por edad es viejo- al presente desconfía del libro que no ha sido reescrito para esta segunda ocasión. Así lo exigiría si, como entonces, cuando creyó que aquel libro que leía estaba escrito para él, existiese una absoluta complicidad entre el escritor y el lector. Que no la hay, nunca la hubo, se dice éste mostrando su malhumor mientras culpa de todo a la promiscuidad del escritor. Jamás aceptará que sea él quien interrumpa el concierto al echar la vista atrás.

Contra las comodidades del releer, las convulsiones provocadas por el olvido.

martes, 11 de julio de 2017

EL PENSAOR



Se pinta de frente. Se escribe desde arriba. Se piensa estando a solas y esto hace imposible conocer la postura adoptada por el individuo pensador en acción. Él mismo nos lo podría confirmar, pero antes deberá haberse ganado nuestra plena confianza, y en eso de hacerse con nuestra razón, malgasta todo su tiempo. Luego, cuando por fin parece habernos convencido, logrado que seamos uno con él, ya resulta demasiado tarde para todos. Entonces lo vemos tendido bocarriba, los ojos cerrados, los labios apretados, todo su cuerpo entregado a una pasividad de ensueño. Acaso porque tal sea la postura ideal para el pensador, y no la que nos dejara Rodin, más de acuerdo con la de un hombre que se ha detenido y se sienta en la piedra para aliviarse el dolor de sus zapatos recién estrenados.

viernes, 30 de junio de 2017

LA SOCIEDAD DEL ESPECTÁCULO SEGÚN FRANZ KAFKA





Franz Kafka nos habla de un mono instruido en las ciencias y en las artes del hombre.
No nos cabe dudar de las palabras de Franz Kafka.
A la vista está que creemos en todos sus disparates:
Muchos de ellos se cumplieron.

sábado, 17 de junio de 2017

TEO(A)GONÍA



En la cueva del confín del mundo se agazapaba una bestia fea
En la bestia, no obstante lo fea que era, vivía un alma clara
En el alma clara (¡qué jolgorio!) se hacía querer un dios irascible
En el dios irascible, un día, creció la vanidad de un hombre a su semejanza
En el hombre, dios era casi todo el hombre, quedó la nostalgia de la bestia abandonada
En la bestia, distinta ahora que ya sufría, anidó poco a poco un engaño irreparable
En el fatal engaño cayeron todos los seres menos la serpiente
La serpiente, a su vez, engañó a la mujer con una fruta o un diamante
La mujer sedujo al hombre con su cuerpo desnudo para entonces
El hombre ansió a la mujer eternamente

Eternamente hay un hombre que viste traje de miedo
El miedo es de tristeza y negrura como una cueva
En el penetral de la cueva vive ahora una fiera corrupia
En la bestia, otra vez ella misma, habita un alma encarnecida
En la profundidad del alma maduran dios e imágenes suyas
Las imágenes de dios confunden el corazón de los hombres
Que por siempre se andan creyendo hombres nada menos
Que se andan creyendo hombres de los hombres ellos mismos
Y que se toman muy en serio por las palabras mismas de los hombres
Las únicas palabras de hombre que los hombres alcanzan

Y he aquí el engaño que más les gusta:
Los hombres se confunden siempre con las imágenes de los hombres
Y así no hay quien entre los hombres entienda nada
Cuando nada es lo único que suma el hombre

Cero más uno, uno, uno, uno uno, uno
Donde cero y nada no son sino imágenes que se gustan
Y uno es lo mismo cada vez pero vacío


lunes, 22 de mayo de 2017

FAVOR y FERVOR




El editorial de El País de El día después (en la política y en el cine segundas partes nunca fueron buenas), o sea de hoy, Lunes al sol, asegura con vozarrón de profeta bíblico (pero los profetas hablaban bajito por si acaso): …la demagogia de los de abajo contra los de arriba se ha impuesto a la evidencia de la verdad, los méritos y la razón. Desde luego, El País no es ‘nada demagógico’ si, como define la RAE, la demagogia es la práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular. Algo paradójico en boca de quien, como cabe suponer,  sobrevive de la venta de periódicos, que mayormente han de ser del agrado y la confianza del gran público. Ello me lleva a pensar que El País considera la posibilidad de dos tipos de demagogia –como decía Umberto Eco acerca de las lecturas-, una demagogia buena y otra mala, una natural y otra perversa, pues conseguir el favor del pueblo –el favor popular-, al menos en democracia, es la condición sin la cual no se accede al poder. La demagogia buena sería aquella que aun valiéndose del susodicho favor popular en su ascensión –el jesuítico “el fin justifica los medios”-, una vez en ‘la gloria’ sabe renunciar al mismo y ajustarse a la evidencia de la verdad, los méritos y la razón. La mala, extrañamente, aquella otra que cumple sus promesas ‘al pie de la letra’, de la cual, nos cuela El País de manera subrepticia, haríamos mejor hablando de política-ficción. O sea, como al principio, escuchar la prohibición original de no tocarle las narices a Padre-dios, o escuchar las falsas palabras de la serpiente, quien en realidad esconde en su piel arrastrada al mismísimo Diablo. Poco hemos adelantado.

Y es lo cierto que hemos adelantado poco -por no mostrarnos pesimistas en exceso- si como El País en su editorial de ‘El día después admite y nos deja dicho sin asquearse, ni siquiera ruborizarse, todavía estamos en la dialéctica del Arriba y abajo, recomendable serie de televisión inglesa, ya que mencionan el brexit. No voy a entrar en la palmaria injusticia de esta división, ¿puro determinismo biológico tan a la page?, pues con hacerlo así, probablemente me metiera de cabeza en la demagogia de los de abajo, situación que arruinaría mi intención de ser tenido en cuenta por quienes hasta aquí me hayan seguido y en ello encuentren el momento oportuno de abandonarme. De otra parte, tampoco me parece necesario. Basta con ceñirse a la literalidad del enunciado para inferir de la misma cómo no es, ni siquiera, que haya dos demagogias donde escoger, pues a la demagogia de los de abajo no le opone El País la demagogia de los de arriba. Tal y como puede verse –tampoco es necesario leer tan falaz discurso- El País atribuye a los de arriba la evidencia de la verdad, los méritos y la razón. De dónde le vienen tan gratificantes atributos, no se sabe, pero, desde luego, queda implícito por no expresado, que no del favor popular (es decir, no de manera democrática), sino, en el mejor de los casos, de su fervor, de su entusiasmo por la verdad, los méritos y la razón que los de arriba le permiten envidiarle a los de abajo.

Adenda. Sin mucho  disgusto, desazón o agobio por mi parte, podría admitir la evidencia de la verdad –faltaría que la verdad no fuese evidente, aun cuando haya mucho por hablar al respecto, baste con recordar el dictum de Mairena: La verdad es [evidente] la diga Agamenón o su porquero. Agamenón: Conforme. Su porquero: No me convence- y de la razón, en tanto también la verdad es juicio o proposición que no se puede negar racionalmente. Mas meter en medio los méritos para que la cosa suene, finalmente, a santísima Trinidad, lo encuentro artificioso, poco o nada natural, incluso malintencionado. Vale, pero sin terminar de creérmelo, que la verdad y la razón se den de por sí y ad eternum [el poder es el poder, como la rosa es la rosa], pero los méritos… Los méritos no se reciben como ‘la gracia’, hay que ganárselos, son consecuencia de las acciones humanas. Y da la casualidad que tales acciones hacen meritorios tanto de premio como de castigo, de pena como de gloria. En las actuales circunstancias, me refiero a las circunstancias ‘nacionales’ que no puede dejar de contar El País aunque así lo prefiriera, dan más para lo último que para lo primero.

viernes, 12 de mayo de 2017

UN CUENTO LÚBRICO





No oponga resistencia, me ordenó la Gran María Mercedes mientras sus manos diestras se afanaban en bajarme los pantalones de pana. La Gran María Mercedes no es mi médico de cabecera ni tampoco la practicante encargada de ponerme las inyecciones que mi médico de cabecera me receta continuamente y con malas maneras. De modo que no debe ser a fin de procurarme ninguna mejoría que la Gran María Mercedes me quiera con los pantalones de pana caídos a mis pies. Además, me encara de enfrente y no por la espalda, como sería lo normal, lo propio de un practicante diplomado, de los cuales sé todo cuanto puede saberse debido a ser yo un enfermo crónico. Desde que recuerdo, no ha pasado ningún mes, que se cuentan por años, en el cual no tuviera o tuviese que inyectarme algún mejunje frío cuyos extraños nombres he preferido no memorizar para así no rebajar las virtudes mágicas que las palabras pierdan al pronunciarlas quien no está en sus arcanos. A lo mejor era por esta razón que la Gran María Mercedes no me daba más pistas sobre sus intenciones. Fuese lo que fuese que iba a hacer conmigo tras bajarme los pantalones de pana, debía de tratarse de algo mágico, extraordinario, cuyo previo conocimiento me habría puesto sobre aviso y lo hubiera o hubiese de acontecer, ya no lo sentiría yo como un todo pleno, absoluto, sin otra finalidad que ello mismo, y donde yo debía permanecer el mayor tiempo posible en tanto sujeto pasivo o, como así lo dijo la Gran María Mercedes al cabo, sujeto sorprendido.

Ya puede salir de su asombro, fueron sus palabras exactas, o quizá fueron las palabras que yo quise escucharle. Porque me salí. Me salí completamente curado… para que luego hablen mal de los tratamientos inverosímiles, como los llamaba mi médico de cabecera.